🌎✨ HISTORIA DE DALIA SILVESTRE ✨🌎

Dalia
Silvestre

Fundadora de Todos Sanando a Gaya. Un alma que vino a la Tierra con una misión muy marcada.

Dalia Silvestre

Soy un alma que vino a la Tierra con una misión muy marcada. Nací en el año 1977, en una generación de almas que muchos reconocen como niños índigo, portadores de una profunda sensibilidad espiritual y un propósito de transformación.

Mi llegada a este mundo no fue común: mi madre quedó embarazada de mí a sus 48 años, en medio de tratamientos anticonceptivos, ya que no deseaba tener más hijos. Entre los hijos de mi padre y los de ella, ya eran 11, pues ambos eran viudos y atravesaban una relación difícil, cargada de dolor. Aun así, la vida se abrió paso… porque mi alma ya había elegido venir.

Mis padres cargaban con una gran densidad emocional y patrones generacionales de sufrimiento, carencias y oscuridad. Desde antes de nacer, mi camino ya estaba marcado: transmutar ese dolor en luz, en amor, en abundancia, en salud y en expansión.

Fui bautizada como Dalia, pero a los dos años enfermé gravemente y estuve al borde de la muerte. En su desesperación, mi madre le prometió a San Silvestre que, si yo sobrevivía, llevaría su nombre. Y el milagro ocurrió. Desde entonces, me convertí en Dalia Silvestre, sellando desde pequeña un vínculo con lo divino y lo espiritual.

Crecí en un entorno familiar disfuncional, donde el caos era parte del día a día. Sin embargo, incluso siendo niña, algo en mí era diferente: tenía el don de calmar a mi papá, y eso trajo más armonía a mi hogar, llevando paz donde había dolor. Siempre sentí que mi destino estaba más allá… que viviría en una gran ciudad, rodeada de abundancia. Y así fue.

En mi juventud, debido a una historia de venganzas entre dos familias que derivó en la pérdida de uno de mis hermanos, tuve que salir de mi país. Mi camino me llevó a Londres, donde inicié una nueva vida. Allí me casé con un hombre inglés y experimenté una realidad de opulencia económica.

Mucho antes de que se hablara de la ley de atracción, mi esposo ya la aplicaba sin saberlo, y yo ya estaba viviendo su funcionamiento. Llegué a tenerlo todo en lo material… pero dentro de mí había un vacío profundo.

Fue a través de esa desdicha que enfrenté la noche oscura del alma. A mis 30 años, consideré quitarme la vida, y fue justo en ese instante cuando lo divino intervino. En la televisión, un monje dijo: "Si no has meditado realmente, no conoces la felicidad."

Esa frase me despertó. Busqué respuestas y llegué a un centro de budismo tibetano, donde aprendí a meditar. Leí el libro El placer de meditar más de cuarenta veces, y así comenzó mi verdadero despertar.

Comencé a meditar una hora al día. Luego practiqué kundalini yoga y magnifying healing todos los días, y mi conciencia empezó a expandirse. Descubrí la felicidad en lo simple, y mi corazón se abrió profundamente hacia mi hijo.

Nuestra conexión cambió por completo, y juntos empezamos a reconectar con la naturaleza. Los árboles nos hablaban a través del viento, susurrando secretos antiguos; las aves se comunicaban con nosotros en melodías que sanaban el alma; y la Tierra nos abrazaba con la calidez de su suelo bajo nuestros pies, alimentando nuestra esencia.

Pero Londres ya no era suficiente para lo que nuestras almas pedían. El ruido de la ciudad opacaba el llamado interno. Entonces, con una fe inquebrantable, dimos un salto al vacío.

Regresamos a Bolivia, solo mi hijo y yo, dejando atrás la opulencia y todo lo material. Llegamos a un lugar sagrado: el lago San Jacinto, con una cordillera imponente frente a nosotros, cuyas cumbres parecían tocar el cielo. Allí comenzó una conexión profunda con Gaya, sintiendo la energía ancestral de la Pachamama en cada rincón.

Luego llegaron las pruebas: pérdidas económicas, traiciones y el golpe más duro… la separación de mi hijo. Un desgarro profundo que me dejó en la más absoluta oscuridad. Me quedé sola, sin dinero, solo yo, la Tierra y la sabiduría adquirida. Sabía manejar la energía y cocrear con el universo.

Pude volver a Londres y recuperar todo, pero elegí quedarme, porque mi alma ya había elegido otro camino: el camino de la conciencia.

El primer año fue de absoluta soledad, pero también de transformación. Durante la pandemia, enfermé gravemente y una vez más estuve al borde de la muerte. Pero esta vez no pedí un milagro… me convertí en el milagro.

Me sané a través de la energía que fluía desde el universo hacia mí y se conectaba con la Tierra, sintiendo cada célula vibrar con nueva vida, sostenida por el pulso vital de todo.

Entonces comprendí una verdad absoluta: cuando canalizas luz y conciencia y cuidas de la Tierra, la Tierra y el universo cuidan de ti.

Con el tiempo, recuperé a mi hijo y la abundancia volvió a mi vida gracias a mi trabajo espiritual. Hoy estoy aquí: más consciente, más conectada y más alineada con mi misión. Sé que todo lo que viví fue preparación para este momento, para dar vida a TODOS SANANDO A GAYA: un llamado del alma, un movimiento de conciencia, un espacio donde recordamos quiénes somos.

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